Treinta y cinco años después del día en que Lucía rompió el ciclo, la biblioteca Valeria Solís era un lugar completamente distinto al que ella había heredado.
Lucía, ahora con sesenta y ocho años, caminaba lentamente por los jardines que rodeaban el edificio. Su cabello blanco estaba recogido en un moño bajo y sus pasos eran más pausados, pero su mirada seguía teniendo esa fuerza serena que la caracterizaba. A su lado caminaba su nieta Valeria, de veintisiete años, quien había decidido hacerse