El pacto se selló con un silencio que pesaba más que cualquier palabra.Lucía se quedó de pie en el centro del Rincón de los Tres, con la mano aún hormigueando por el contacto con Victoria. La marca negra en su cuerpo ardía como fuego líquido, extendiéndose por su cuello y bajando hacia el pecho en venas oscuras que palpitaban con vida propia. Su madre, Valeria, la observaba desde la puerta, con el rostro pálido y las manos temblando.—Lucía… ¿qué has hecho? —preguntó con voz rota.Lucía tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía un eco extraño, como si dos personas hablaran al mismo tiempo.—Compré tiempo, mamá. Eso es todo lo que pude hacer.Victoria rio dentro de su cabeza, un sonido suave y triunfal.—Buena chica. Ahora somos una sola.Lucía cerró los ojos con fuerza, intentando empujar la voz hacia el fondo de su mente. Pero Victoria ya no era solo una presencia. Era parte de ella. Podía sentir sus emociones, sus recuerdos, su hambre antigua de poder y liber
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