La rosa negra se erguía imponente en el centro del Rincón de los Tres, como una herida abierta en medio de la blancura que siempre había definido aquel espacio sagrado.Lucía subió las escaleras del sótano casi corriendo, con el corazón latiéndole en la garganta. Su madre la seguía unos pasos atrás, pálida y visiblemente afectada. Cuando llegaron al rincón y vieron la rosa negra, ambas se detuvieron en seco.—Dios mío… —murmuró Valeria Rivera.La rosa no era simplemente negra. Tenía un brillo extraño, casi metálico, como si estuviera hecha de obsidiana pulida. Sus pétalos eran perfectos, demasiado perfectos. Y alrededor de ella, el polvo de las rosas blancas marchitas formaba un círculo perfecto en la placa de mármol.Lucía se acercó lentamente. El relicario que llevaba al cuello ardía contra su piel, brillando ahora con una luz roja intensa.—No la toques —advirtió su madre.Pero Lucía ya no podía detenerse. Extendió la mano y rozó uno de los pétalos con la punta de los dedos.En cua
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