El séptimo día llegó como una sentencia de muerte.
Lucía despertó en el suelo del Rincón de los Tres con la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía. La marca negra le cubría casi todo el lado izquierdo del rostro, bajaba por el cuello y se extendía por el torso como raíces vivas. Solo quedaba un pequeño espacio alrededor de su ojo derecho, como si su alma se resistiera hasta el último aliento.
Se incorporó con dificultad. Cada movimiento era un suplicio. La rosa negra flotaba en el centr