El sexto día terminó con un silencio que parecía eterno.
Lucía estaba sentada en el centro del Rincón de los Tres, con las piernas cruzadas y la espalda recta. La marca negra le cubría ya casi todo el rostro, bajaba por el cuello y se extendía por el torso como una enredadera viva. Solo quedaba un pequeño espacio alrededor de su ojo derecho, como si su alma se estuviera resistiendo hasta el final.
Su madre, Valeria, estaba sentada frente a ella, con los ojos hinchados de tanto llorar. Entre ell