El silencio que siguió a la revelación de Sia fue más pesado que el granito de las paredes del Palacio. Valerius se mantuvo inmóvil, con los ojos fijos en el sello que adornaba el anillo de Caspian, el mismo que ahora, bajo la luz de las antorchas, parecía arder con una verdad que el Alfa se había negado a ver. La atmósfera en el salón de los Ancianos, que antes olía a incienso rancio y a la humedad de la montaña, se cargó de un magnetismo peligroso. Los guerreros de la Manada de Hierro, dispuestos en los flancos, no se atrevieron ni a respirar.Caspian, por primera vez, perdió la máscara de elegancia y compostura. Su rostro, generalmente impecable, se contrajo en una mueca de incredulidad. No esperaba que la paria, esa mujer de pequeña estatura que todos despreciaban, tuviera la agudeza necesaria para conectar los hilos de su traición. Sin embargo, la sorpresa duró solo un segundo. Los ojos de Caspian se entornaron, y en lugar de huir o tartamudear, dejó escapar una risa suave, carga
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