La oscuridad no era un vacío, era una marea de sensaciones ajenas que golpeó la mente de Sia antes de que sus ojos lograran enfocarse. No despertó en el abismo de luz roja, sino sobre un suelo de piedra lisa, tibia al tacto, en una sección inferior de la cueva donde el aire ya no olía a flores dulces, sino a ozono y humedad. A su lado, el cuerpo de Valerius ocupaba casi todo el espacio disponible. El Alfa soltó un quejido ronco y, en ese mismo instante, Sia sintió un pinchazo agudo en su propia espalda baja, seguido de una punzada de calor en sus riñones que la hizo jadear.Sia se sentó de golpe, llevándose las manos a la base de la columna. El dolor era real, físico, pero no era suyo. Miró a Valerius y vio cómo él se retorcía levemente, con el rostro hundido en la tierra húmeda. La confusión inicial dio paso a una realización aterradora: el vínculo que él le había impuesto no solo era una línea de comunicación, sino un puente de agonía compartida.«Maldita sea, levántate de una vez,
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