Sin embargo, el asalto no había terminado. Un tercer hombre, mucho más alto y envuelto en una túnica andrajosa que ocultaba su rostro, entró con una lanza larga de punta ancha. Valerius vio, con una claridad que lo aterrorizó, que la punta de la lanza no iba dirigida a él, sino al vientre de Sia, que seguía arrodillada junto a la chimenea.Sin pensarlo, sin medir las consecuencias para su propia vida, Valerius se interpuso. El metal de la lanza se hundió en su costado izquierdo, justo debajo de las costillas, atravesando la carne y chocando contra el hueso.El Alfa soltó un rugido de dolor absoluto que hizo que el hollín de la chimenea cayera como nieve negra. Con un rugido animal, agarró el asta de madera de la lanza y la partió en dos con su mano izquierda, mientras usaba el resto de su fuerza para sujetar al atacante por la garganta, estampándolo contra la pared de troncos.El mercenario, al verse atrapado por la fuerza sobrehumana de un Alfa herido, desvió la mirada hacia Sia. La
Leer más