El motor del auto rugió con una violencia que imitaba el estado interno de Valerius mientras devoraba los kilómetros de la carretera secundaria que conducía al corazón de la Manada de Hierro. El trayecto de regreso desde la frontera hasta la mansión principal ocurrió en un silencio incómodo, casi sólido, que ni el zumbido del viento contra los cristales lograba fracturar. Valerius conducía con la mano izquierda aferrada al volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, mientras