El viento que entraba por el ventanal que Valerius destruyó arrastraba el olor a tierra mojada y pino, pero Sia solo podía percibir el rastro del aroma de él: una mezcla de sándalo y la ferocidad del lobo del Alfa que aún vibraba en el ambiente. Se quedó de pie, sola entre los restos de madera de la silla y los fragmentos de cristal que brillaban como dagas en el suelo. Sus manos bajaron instintivamente a su vientre. El aura dorada que antes la iluminó se extinguió, pero el calor persistía, com