El aire en el patio destruido se volvió espeso y pesado, difícil de respirar para los sobrevivientes. Valerius quedó inmóvil a pocos metros sobre el suelo, suspendido por el movimiento lento de sus grandes alas de luz blanca. Su cuerpo de lobo divino, cubierto por ese pelaje brillante como diamantes, permaneció tieso en medio del patio. Las garras de sus patas delanteras estaban tensas, listas para lanzarse al ataque, pero no pudo moverse. El dilema que le comprimía el pecho era el peor de toda su vida. Lanzar todo el poder de la luz pura sobre la masa oscura significaba acabar de inmediato con el Rey de las Sombras, pero la ráfaga destruiría también la carne frágil e indefensa de Sia, la mujer que el monstruo sostenía como un escudo humano entre las garras de humo.La neblina negra apretó el cuello de Sia con más fuerza. La garra de hueso le hincó la piel limpia, haciendo brotar un hilo delgado de sangre roja que bajó por su garganta hasta perderse en el escote roto del vestido. Sia
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