Las palabras de Valerius quedaron flotando en el aire fresco del patio, suspendidas sobre la hierba húmeda y entre las paredes improvisadas de ramas que el estallido había creado. Sia sintió un estremecimiento inmediato que le bajó desde la nuca hasta la base de la columna. Sostuvo la mirada del hombre sin pestañear, procesando la carga cruda de la petición. El temible verdugo de las montañas, la figura que durante años hizo temblar a cada manada de la frontera con solo pisar sus tierras, permanecía sobre la tierra frente a ella. Tenía las dos rodillas hincadas en el barro y las flores, despojado de sus mantos de cuero, con el torso desnudo al descubierto y los ojos fijos en los suyos.El silencio entre los dos se volvió espeso, cargado de una tensión emocional que les aceleró la respiración. A unos metros de distancia, entre los arcos de piedra que habían sobrevivido al colapso de la muralla oeste, docenas de sobrevivientes observaban la escena. Los guerreros que sobrevivieron a la
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