El cuerpo transparente de Valerius terminó de disolverse entre los brazos de Sia como una capa de humo seco. Los dedos de la mujer quedaron apretados contra la losa helada, sosteniendo únicamente la nada. El impacto del desgarro en la piel de su hombro le sacó un grito que raspó las paredes del subsuelo, dejándole un ardor vivo, una herida en la carne limpia donde el sello del lobo acababa de desaparecer por completo. La marca que la mantuvo atada a el Alfa, porque para ella si era un verdadero Alfa, desde la noche de la subasta simplemente ya no estaba. El dolor en su vientre, sin embargo, no dio tregua; le atravesó una punzada seca que la obligó a doblarse hacia adelante, pegando la frente contra el granito empapado de sudor y polvo.—¡Madre! —el grito de Leo retumbó desde el tramo final de las escaleras.El muchacho bajó los escalones de tres en tres, tropezando con los restos de piedra. Llevaba la túnica de la guardia hecha pedazos en los hombros, manchada de lodo y sangre seca, c
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