El silencio de Caleb cayó sobre mí como una losa de plomo.
No se defendió. No gritó. Se quedó mirando las fotografías de los vehículos destrozados esparcidas sobre la alfombra persa, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada hasta el límite de la fractura.
Ese silencio me rompió lo poco que me quedaba de alma.
Asentí lentamente, tragándome el nudo de espinas que me desgarraba la garganta. Di un paso atrás, alejándome de él como si su simple presencia me quemara.
—Fui una idiota —susurré,