Casi Rotos

El silencio de Caleb cayó sobre mí como una losa de plomo.

No se defendió. No gritó. Se quedó mirando las fotografías de los vehículos destrozados esparcidas sobre la alfombra persa, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada hasta el límite de la fractura.

Ese silencio me rompió lo poco que me quedaba de alma.

Asentí lentamente, tragándome el nudo de espinas que me desgarraba la garganta. Di un paso atrás, alejándome de él como si su simple presencia me quemara.

—Fui una idiota —susurré, mi voz apenas un hilo roto en la inmensidad de la sala—. Mateo me vació las cuentas, pero tú... tú me vaciaste la vida. Disfruta tu herencia, Navarro. Quédate con la agencia. Te enviaré los papeles del divorcio mañana.

Me di media vuelta, dispuesta a caminar hacia la habitación para empacar lo indispensable y largarme de ese maldito edificio para siempre.

No logré dar ni tres pasos.

Una mano grande, firme e implacable se cerró alrededor de mi brazo, deteniéndome en seco. El tirón no fue violento, pero estuvo cargado de una desesperación absoluta. Caleb me hizo girar hasta que mi pecho chocó contra el suyo.

—Suéltame —le exigí, levantando las manos para empujarlo, golpeando su pecho con una fuerza que él absorbió sin inmutarse—. ¡No me toques!

—No. Escúchame —rugió Caleb. Sus ojos oscuros, que segundos atrás estaban vacíos, ahora ardían con un fuego salvaje—. No te vas a ir a ningún lado, Alexandra.

—¡Me mentiste! ¡Me cazaste como a un puto animal!

—¡No sabía lo de tus padres! —el grito de Caleb resonó en las paredes de cristal del penthouse, silenciándome de golpe.

Me agarró por los hombros, no para lastimarme, sino para anclarme a él, obligándome a mirarlo. Su respiración era pesada, errática. El Diablo de Wall Street estaba perdiendo el control.

—¿La carpeta que encontraste en mi cuarto? Sí, la mandé a hacer hace seis meses —confesó, las palabras saliendo a borbotones, duras y crudas—. Le ordené a mi equipo de riesgos que investigara a diez mujeres en esta ciudad que pudieran cumplir con el perfil que la junta me exigía. Mujeres independientes, sin escándalos. Tú encabezabas la lista, Alex. Investigaron tus deudas, tus clientes, todo. Pero mi equipo no encontró nada sobre el accidente.

Negué con la cabeza, las lágrimas de rabia nublándome la vista.

—Victoria lo sabía. El reporte policial tiene el logo de la empresa de mi padre.

—Victoria lo sabe porque seguramente alguien se lo acaba de filtrar para chantajearla a ella también —Caleb soltó uno de mis hombros, me tomó de la mano y tiró de mí—. Ven aquí.

Me arrastró hasta su despacho, ignorando mis protestas. Entró a grandes zancadas, tomó su teléfono personal de la mesa y desbloqueó la pantalla con movimientos frenéticos. Abrió una aplicación encriptada, buscó el archivo P*F y me puso el aparato directamente en las manos.

—Lee la fecha y la hora de recepción de ese mensaje —ordenó, su voz tensa como la cuerda de un arco.

Bajé la vista hacia la pantalla, parpadeando para aclarar mi visión. Era un correo anónimo. Tenía el mismo reporte policial que Victoria me había mostrado.

Pero la hora de entrada marcaba las 04:15 AM de esa misma mañana.

—Me llegó anoche, mientras dormías —dijo Caleb, acortando la distancia de nuevo, su tono bajando a un nivel de intimidad que me partió el pecho—. Hace quince años, los abogados de la aseguradora sellaron el caso y borraron los apellidos para evitar que la prensa devorara mi dolor y el de tu familia. Mi equipo de riesgos no lo encontró hace seis meses porque legalmente, ese vínculo no existe en los registros públicos. Quienquiera que me haya enviado esto, tuvo que buscar en archivos físicos clasificados.

Levanté la vista lentamente, procesando la información. Mi mente de relacionista pública, siempre analítica, comenzó a diseccionar las piezas del rompecabezas.

—Si no lo sabías... —murmuré, sintiendo que el oxígeno volvía a mis pulmones a cuentagotas—. Si esto te llegó anoche, ¿por qué estabas tan frío esta mañana? Me cancelaste las reuniones, me encerraste en la oficina con Marcus... me trataste como a un estorbo.

Caleb cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, toda la arrogancia corporativa había desaparecido. Lo que vi fue a un hombre aterrorizado.

—Te encerré porque quien me envió esto está amenazando con usarlo para destruir las acciones del holding, Alex. Si la prensa se entera de que me casé con la hija del hombre cuyo camión mató a mi familia, los inversores huirán en masa y el matrimonio se anulará. Pensé que, si te mantenía aislada y no te lo contaba, podría rastrear la IP y destruir a este hijo de perra antes de que te enteraras y de que el dolor te golpeara.

—Pero Victoria se enteró primero —deduje, sintiendo una punzada de pura claridad—. Y en lugar de decírtelo, me llamó a mí en secreto. Manipuló las fechas. Juntó la carpeta de hace seis meses con el reporte del accidente para hacerme creer que todo el matrimonio era tu venganza por la muerte de tus padres.

Caleb asintió, su mandíbula tensándose de nuevo al escuchar el nombre de su abuela.

—Quería que me odiaras. Quería que te fueras y rompieras el contrato por tu cuenta. Así yo perdería las acciones sin que ella tuviera que ensuciarse las manos anulando el trato públicamente.

Dejé el teléfono sobre el escritorio. La magnitud de la manipulación de la matriarca era escalofriante. Había usado mi dolor más profundo para mover sus piezas de ajedrez corporativo.

Y casi había funcionado. Casi me había ido.

Miré a Caleb. Su camisa estaba arrugada por donde yo lo había agarrado. Sus ojos no se apartaban de mí, esperando mi veredicto. No me estaba pidiendo perdón, porque no había orquestado el engaño, pero me estaba pidiendo que me quedara. Que confiara en él por encima del fantasma de su familia.

Levanté la mano y, con dedos que aún temblaban levemente, acaricié su mandíbula. Caleb soltó un suspiro profundo, cerrando los ojos al contacto, y cubrió mi mano con la suya, apretando mi palma contra su mejilla.

—Casi me pierdes hoy, Navarro —susurré, la verdad pesando en cada sílaba.

—Lo sé —respondió él, abriendo los ojos. El fuego oscuro había vuelto, pero esta vez estaba acompañado de una devoción absoluta—. Y te juro por mi vida que es la última vez que te oculto algo. A partir de hoy, no hay un solo puto secreto entre nosotros, Alexandra. Mi imperio es tuyo. Mi vida es tuya.

El dolor se disipó, siendo devorado rápidamente por una nueva y letal determinación. Ya no éramos dos extraños fingiendo para las cámaras. Éramos dos sobrevivientes atrapados en la misma red.

—Alguien sabía sobre la carpeta de hace seis meses. Alguien sabía sobre el accidente. Y alguien se lo envió a Victoria para detonar la bomba hoy —dije, mi cerebro trabajando a mil por hora—. Mateo y Richard son demasiado mediocres para orquestar algo de este nivel. El informante anónimo que te chantajeó esta madrugada... ese es nuestro verdadero enemigo.

Caleb se enderezó, la mención del enemigo activando al CEO calculador de inmediato.

—Un enemigo que conoce todos nuestros movimientos. Y si se atrevió a enviarle eso a Victoria para separarnos, significa que sabe que juntos somos un problema.

De repente, un pensamiento me golpeó con la fuerza de un tren de carga. El aire abandonó mis pulmones.

—Caleb... —murmuré, retrocediendo un paso—. Si este informante conoce la historia de mi familia, si sabe quién es mi padre y conoce los detalles de hace quince años... entonces también sabe sobre mi madre. Sabe que está en la Clínica Santa Elena.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App