El silencio en la parte trasera de la SUV blindada era absoluto.
A diferencia de las crisis anteriores, esta vez no hubo discusiones ni estrategias debatidas en voz alta. Caleb operaba con la precisión fría y aterradora de una máquina diseñada para resolver problemas. En los veinte minutos que tardamos en llegar a la Clínica Santa Elena, hizo exactamente tres llamadas breves. No hubo gritos ni amenazas de película. Habló de transferencias médicas, acuerdos de confidencialidad y rutas de acceso