El sonido de la tableta al golpear contra el colchón fue ahogado por el ruido de la puerta del baño abriéndose.
Caleb salió secándose el cabello con una toalla pequeña. Llevaba unos pantalones de chándal grises que colgaban bajos en su cadera y su pecho aún brillaba por la humedad de la ducha. Se detuvo en seco al ver mi rostro. La relajación matutina se borró de sus facciones en una fracción de segundo.
—¿Qué pasa? —preguntó, acortando la distancia hacia la cama.
No podía hablar. El aire se ha