Negocios Reales

El sonido de la tableta al golpear contra el colchón fue ahogado por el ruido de la puerta del baño abriéndose.

Caleb salió secándose el cabello con una toalla pequeña. Llevaba unos pantalones de chándal grises que colgaban bajos en su cadera y su pecho aún brillaba por la humedad de la ducha. Se detuvo en seco al ver mi rostro. La relajación matutina se borró de sus facciones en una fracción de segundo.

—¿Qué pasa? —preguntó, acortando la distancia hacia la cama.

No podía hablar. El aire se había atascado en mis pulmones. Levanté una mano temblorosa y señalé la tableta.

Caleb frunció el ceño, tomó el dispositivo y sus ojos oscuros escanearon la pantalla. Los músculos de su mandíbula se tensaron tanto que temí que se fracturaran. Leyó el correo del abogado corporativo dos veces.

El silencio en la inmensa habitación de la finca fue ensordecedor. Yo esperaba que me mirara con duda. Que el peso de la palabra Rivera junto a la negligencia criminal que mató a sus padres abriera una grieta entre nosotros.

Pero Caleb bloqueó la tableta, la arrojó sobre la mesita de noche y se inclinó sobre la cama. Me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una firmeza que me ancló al presente.

—Escúchame bien, Alexandra —dictaminó, su voz grave, absolutamente desprovista de duda—. No te atrevas a dejar que la culpa se filtre en tu cabeza. No fuiste tú. Y no voy a permitir que te castigues por un maldito accidente que ocurrió cuando eras una niña.

—Quieren usarme para destruirte, Caleb —susurré, las palabras arañándome la garganta—. El bufete rival va a filtrar esto a la prensa. La junta directiva te va a exigir el divorcio antes de que abran los mercados.

—Que lo exijan. Que el mercado se hunda. Me importa una m****a —Caleb acercó su rostro hasta que nuestras frentes se tocaron. Su respiración era pesada, cargada de una devoción oscura y territorial—. Mi imperio lo construí yo, y si tengo que quemarlo hasta los cimientos para protegerte, te juro que te calentarás las manos con las cenizas. Ahora levántate y vístete. Vamos a ir a la oficina.

Parpadeé, confundida. —¿A la oficina? ¿Quieres que vaya contigo a la reunión legal?

Caleb se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Esa chispa del CEO despiadado estaba de vuelta, pero esta vez, yo no era su objetivo. Era su aliada.

—Vas a sentarte a mi lado en esa mesa de juntas. Eres mi esposa y eres la mejor maldita relacionista pública de este país. No voy a esconderte como a un secreto sucio. Vamos a aclarar esto juntos.

Tres horas más tarde, el aire en el piso sesenta y cinco de Navarro Holdings estaba saturado de tensión.

La inmensa sala de juntas no estaba llena de accionistas, sino del batallón legal más implacable y costoso de la ciudad. Siete abogados con trajes impecables revisaban documentos y expedientes con rostros pálidos.

Yo estaba sentada a la derecha de Caleb. Llevaba un traje sastre negro, mi armadura habitual, pero bajo la pesada mesa de caoba, la mano de Caleb descansaba firmemente sobre mi rodilla. Era un toque posesivo y constante, un mensaje silencioso de que no estaba sola en el paredón de fusilamiento.

El abogado principal, un hombre canoso llamado Sterling, se aclaró la garganta. Evitaba mirarme directamente. —Señor Navarro, con el debido respeto... la presencia de la señora Rivera en esta reunión compromete el privilegio abogado-cliente, dado que es la hija directa de la parte acusada en la moción de reapertura del caso.

La mano de Caleb se apretó sobre mi rodilla. No levantó la voz, pero su tono fue tan gélido que la temperatura de la sala pareció caer diez grados.

—La mujer que está sentada a mi lado es Alexandra Navarro —corrigió Caleb, cada sílaba cargada de una amenaza letal—. Es mi esposa, es mi socia y tiene el mismo nivel de autoridad en este edificio que yo. Si alguien en esta sala tiene un problema con eso, puede dejar su placa de acceso en la recepción y buscar otro empleo. ¿Alguien tiene algo que decir?

Ninguno de los siete abogados se atrevió a respirar, mucho menos a protestar.

—Bien —continuó Caleb, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Cuál es la situación real?

Sterling tragó saliva y asintió. —El bufete rival, Sterling & Cross, no tiene pruebas materiales sólidas para culpar a Rivera Logística de negligencia criminal quince años después. El peritaje original fue concluyente. Sin embargo, su estrategia no es ganar en la corte. Su estrategia es el escándalo mediático. Han presentado la moción para que los nombres de los dueños del camión se vuelvan registros públicos de nuevo. Quieren que la prensa amarillista haga el trabajo sucio.

—Tienen planeado filtrar el documento a las seis de la tarde, justo a tiempo para los noticieros estelares y el cierre de las ediciones impresas —intervine, leyendo los tiempos mediáticos con frialdad—. Buscan que el pánico se instale durante la noche para que las acciones se desplomen en la apertura de mañana.

Caleb se giró hacia mí, asintiendo, confiando plenamente en mi lectura de la crisis. Volvió su mirada a Sterling. —Quiero una orden de mordaza legal. Ahora mismo.

—Señor, conseguir una medida cautelar para silenciar a un bufete rival y a la prensa en tan pocas horas es casi imposible sin un juez amigo... —empezó a excusarse otro de los abogados.

—No les estoy preguntando si es difícil —los cortó Caleb, su instinto depredador tomando el control absoluto—. Estoy pagando quinientos mil dólares mensuales a esta firma. Llama al juez federal del distrito tres, arrástralo de su campo de golf si es necesario, y ponle sobre la mesa una demanda por difamación corporativa y daños y perjuicios por mil millones de dólares contra Sterling & Cross. Cierren las malditas filtraciones.

La brutalidad ejecutiva de Caleb fue un espectáculo paralizante. No hubo gritos. Solo el peso aplastante de su poder financiero y legal aplastando a quienes intentaban amenazarnos. Durante las siguientes seis horas, lo vi operar sin piedad, destruyendo los argumentos de la parte contraria uno por uno, bloqueando los accesos a la prensa e inundando los tribunales con amparos legales.

Trabajamos en una sincronía perfecta. Mientras él usaba a sus abogados como perros de presa, yo contactaba a mis editores de confianza para bloquear cualquier rumor infundado en las mesas de redacción, ahogando la noticia antes de que naciera.

A las ocho de la noche, el juez dictó una orden de confidencialidad estricta. El bufete rival estaba amordazado bajo amenaza de cárcel y multas astronómicas.

Habíamos ganado al menos el primer asalto.

Cuando el último abogado salió de la sala de juntas, dejándonos a solas, el silencio nos envolvió.

Me recosté contra la silla de cuero, cerrando los ojos. El cansancio de los últimos días amenazaba con pasarme factura, pero la adrenalina de haber peleado hombro a hombro con Caleb mantenía mi sangre ardiendo.

Escuché el sonido de su silla deslizándose hacia atrás. Abrí los ojos.

Caleb estaba de pie, desabrochándose el chaleco del traje. Caminó hacia mí. No había rastro de la frialdad del CEO. Lo que emanaba de su cuerpo era una necesidad cruda, primitiva y oscura. La tensión de haber estado a punto de perder su imperio por protegerme, sumada al triunfo aplastante, lo había llevado al límite.

Me tomó de los brazos, levantándome de la silla con un solo movimiento, y me acorraló contra el grueso cristal del ventanal que daba a la ciudad iluminada.

—Caleb... —susurré, sintiendo el calor innegable de su cuerpo presionado contra el mío.

—Les dije que eras mía —gruñó él, su respiración agitada chocando contra mis labios—. Les dije que tendrían que pasar por encima de mí para tocarte.

Sus manos subieron hasta mi rostro, aferrándome con una posesividad que me cortó la respiración. Sus ojos, oscuros e insondables, me exigían una rendición absoluta, no como un sacrificio, sino como una alianza definitiva de carne y sangre.

—Hazlo —le pedí, enredando mis dedos en su cabello, borrando cualquier duda.

Caleb soltó un gruñido animal y me besó con violencia. No fue un beso, fue una marca. Su boca devoró la mía mientras sus manos bajaban por mi cuerpo con urgencia posesiva. En un movimiento brusco me subió la falda hasta la cintura y arrancó mis bragas de un tirón, rompiendo la delicada tela.

—Estas piernas abiertas son mías —gruñó contra mi boca, metiendo dos dedos gruesos en mi coño empapado sin ningún preámbulo—. Este coño que está chorreando para mí es mío.

Jadeé fuerte contra sus labios cuando empezó a follarme con los dedos con fuerza, curvándolos justo donde más lo necesitaba. Mi espalda se pegó al cristal frío del ventanal mientras él me devoraba el cuello, chupando y mordiendo con saña, dejando marcas rojas y moradas que quería que todos vieran.

Caleb se desabrochó el pantalón con la mano libre y liberó su polla, gruesa, venosa y completamente dura. Sin darme tiempo a respirar, me levantó una pierna, la enganchó en su cadera y me penetró de un solo empujón brutal hasta el fondo.

—¡Caleb! —grité, clavando las uñas en sus hombros.

—Joder… tan apretada —rugió él, empezando a follarme con estocadas profundas y salvajes—. Siente cómo te lleno, Alexandra. Siente quién es tu puto dueño.

Cada embestida era fuerte, posesiva, casi castigadora. Mis pechos rebotaban contra su pecho mientras él me follaba contra el cristal, con la ciudad de Nueva York brillando a mis espaldas. Cualquiera que mirara desde un edificio cercano podría vernos, pero a Caleb no le importaba. Al contrario. Quería que vieran.

—Les dije que eras mía —repitió, acelerando el ritmo, follándome más duro—. Ahora te voy a marcar por dentro para que nunca lo olvides.

Me dio la vuelta de repente, presionando mi pecho contra el ventanal frío. Me abrió las piernas con su rodilla y volvió a entrar en mí desde atrás, más profundo aún. Una de sus manos se enredó en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras la otra se clavaba en mi cadera, controlando cada embestida.

—Dilo —exigió, mordiendo mi hombro—. Dime a quién perteneces.

—A ti —gemí, casi sollozando de placer—. Soy tuya, Caleb… toda tuya.

—Eso es, mi reina —susurró con voz oscura y obsesiva, acelerando hasta un ritmo castigador—. Mi mujer. Mi obsesión. Mi puta adicción.

Su mano bajó hasta mi clítoris y lo frotó con fuerza mientras me follaba sin piedad. El placer subió como una ola imparable. Mis piernas empezaron a temblar, mi visión se volvió borrosa.

—Córrete —ordenó contra mi oído—. Córrete en la polla de tu marido como la buena esposa que eres.

El orgasmo me destrozó. Grité su nombre mientras mi coño se contraía violentamente alrededor de él, corriéndome con tanta fuerza que sentí que mis rodillas cedían. Caleb soltó un gruñido ronco y animal, embistió tres veces más y se corrió profundamente dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos mientras temblaba contra mi espalda.

No salió de inmediato.

Siguió enterrado hasta el fondo, abrazándome con fuerza contra el cristal, su pecho pegado a mi espalda, su boca besando mi nuca con una devoción casi dolorosa.

Horas más tarde, el silencio en el penthouse solo era interrumpido por el leve zumbido de la ciudad exterior.

Caleb dormía a mi lado, su brazo pesado cruzando mi cintura en su habitual agarre posesivo. Yo, sin embargo, estaba completamente desvelada. La adrenalina residual del día me impedía cerrar los ojos.

Con extremo cuidado, me deslicé fuera del abrazo de Caleb. Me puse una de sus camisas, que me quedaba enorme y olía a él, y caminé descalza hacia su despacho.

Encendí la pequeña lámpara del escritorio. Mi mente de relacionista pública no dejaba de dar vueltas. Habíamos amordazado al bufete rival, sí, pero Sterling & Cross era una firma de abogados de élite. Cobraban millones por caso. Mateo Vance, desde una celda, no tenía dinero para contratarlos. Alguien con bolsillos muy profundos estaba financiando este ataque desde las sombras.

Abrí la tableta que Caleb había dejado sobre la mesa y accedí a los archivos del "Descubrimiento de Pruebas" que nuestros abogados habían forzado esa misma tarde. Documentos legales densos, actas constitutivas y registros de la corte llenaban la pantalla.

Comencé a rastrear las cuentas desde donde se habían pagado las tarifas iniciales del bufete rival. Las transferencias venían de una LLC en Delaware. Busqué el nombre de esa LLC en la base de datos fiscal que compartíamos con la agencia. Pertenecía a una sociedad matriz en Nueva York.

Seguí el hilo del dinero con una paciencia meticulosa, desmantelando capas de empresas fantasma, hasta que llegué al fondo.

El nombre del beneficiario principal apareció en la pantalla, claro e indiscutible.

Julian Thorne.

El aire se me atascó en la garganta. Conocía ese nombre. Todo Wall Street lo conocía. Thorne era un multimillonario del sector inmobiliario. Un titan despiadado y un hombre que, apenas un año atrás, había perdido un desarrollo urbano multimillonario en Manhattan a manos de Navarro Holdings. Caleb lo había aplastado en una licitación pública.

Julian Thorne no estaba buscando "justicia" para los padres de Caleb. Estaba usando la memoria de sus muertes y mi apellido para destruir las acciones del holding y cobrar una venganza corporativa.

Justo cuando estaba a punto de levantarme para despertar a Caleb, la pantalla de la tableta se iluminó con un nuevo correo entrante en la bandeja corporativa de mi esposo.

El remitente no estaba oculto esta vez.

De: Julian Thorne. Asunto: Reunión Extraoficial.

Abrí el mensaje con el pulso desbocado.

«Caleb. Buen intento con la orden de mordaza. Tus abogados son rápidos, pero mi paciencia es corta. Los jueces se pueden comprar, y las órdenes pueden apelarse. Si no quieres que tu pequeña esposa Rivera y el recuerdo de tus padres ocupen la primera plana del Times mañana, te espero a las 9:00 AM en mi oficina. Ven con ella. Es hora de hablar de negocios reales.»

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