Encrucijada

Ignorando las órdenes de Caleb, le dije a Leo que cubriera mi ausencia, evadí a Marcus por la salida de servicio y me subí al sedán negro que esperaba en el callejón.

Veinte minutos después, el auto me dejó frente a un club privado exclusivísimo en el Upper East Side. Un mayordomo me guio hasta un salón de lectura privado, revestido en paneles de roble y olor a puros antiguos.

Victoria Navarro estaba sentada en un sofá de cuero oscuro, bebiendo té de una taza de porcelana. Cuando entré, despidió al mayordomo con un movimiento de su mano anillada.

—Siéntate, niña —ordenó.

Me senté en el sillón frente a ella, manteniendo la espalda recta.

—Usted dirá. No tengo mucho tiempo y a su nieto no le gusta que rompa sus protocolos de seguridad.

Victoria soltó una carcajada seca y dejó la taza sobre el platillo.

—Mi nieto es brillante para esconder cadáveres, pero comete el error de pensar que yo no sé dónde entierra las palas.

Metió la mano en su bolso de diseñador y sacó una carpeta. No era un documento moderno. Parecía un expediente antiguo. Lo deslizó por la mesa de centro hasta que quedó frente a mí.

—En la cena que tuvimos, te definí como la hija de un humilde profesor de secundaria y una enfermera —comenzó Victoria, su tono pausado y calculador—. Y tú no me corregiste. Porque seguramente eras demasiado joven cuando todo ocurrió como para entender la magnitud de la ruina de tu padre.

Mi pulso comenzó a acelerarse. Miré la carpeta, pero no la toqué.

—Mi padre invirtió en una franquicia de transportes que quebró. Fue un mal negocio. Pagó sus deudas y dedicó su vida a enseñar. Es un hombre honorable. No voy a permitir que manche su memoria...

—Tu padre invirtió en Rivera Logística —me cortó Victoria, su voz volviéndose afilada como un bisturí—. Y la empresa no quebró por un "mal negocio", Alexandra. Quebró porque uno de los camiones de su flota, con un mantenimiento negligente para ahorrar costos, se quedó sin frenos en una autopista bajo la lluvia y aplastó un vehículo sedán.

El aire acondicionado de la sala pareció congelarme la sangre.

—Los accidentes ocurren... los seguros lo cubrieron. Él perdió todo en demandas.

—Sí, lo perdió todo —Victoria se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros brillando con una intensidad aterradora—. Porque las dos personas que murieron en ese sedán no eran ciudadanos comunes. Eran mi hijo Arthur y su esposa Elena. Los padres de Caleb.

El mundo dejó de girar.

Mis pulmones intentaron buscar oxígeno, pero no encontraron nada. El zumbido en mis oídos ahogó el ruido de la ciudad exterior. Bajé la vista hacia el expediente sobre la mesa. Con dedos temblorosos que no parecían pertenecer a mi cuerpo, abrí la portada.

Era el reporte policial de hace quince años. Las fotos de los vehículos destrozados. Y en la esquina superior izquierda, el antiguo logotipo de la empresa de mi padre, el mismo que yo recordaba haber visto en cajas olvidadas en el ático de nuestra casa.

Rivera Logística.

—No... —susurré, negando con la cabeza, el horror puro estrangulándome la voz—. Esto tiene que ser una coincidencia... un error.

—Los Navarro no creemos en las coincidencias —dictaminó Victoria, reclinándose en su asiento, evaluando mi destrucción con fría satisfacción—. Tu padre mató a mi hijo por negligencia. La aseguradora logró un acuerdo confidencial para evitar un juicio mediático de años, y tu familia fue arrojada a la miseria que merecía. El caso se selló. Fin de la historia.

Levanté la vista hacia ella. Las lágrimas quemaban en el borde de mis ojos, pero el orgullo me impidió derramarlas.

—Si usted sabía esto... ¿por qué permitió que nos comprometiéramos? ¿Por qué me aceptó en esa cena?

La sonrisa que Victoria me dedicó fue la cosa más cruel que había visto en mi vida.

—Yo lo descubrí hace apenas unas horas, gracias a un informante anónimo que intentaba chantajear a la empresa. Si lo hubiera sabido, jamás habrías pisado mi casa. Pero esa no es la pregunta que deberías hacerte, niña.

Victoria señaló con su dedo índice la pesada puerta de roble del salón, como si estuviera señalando hacia el distrito financiero, hacia la torre Navarro.

—La pregunta que deberías hacerte es: ¿Por qué crees que mi nieto te eligió a ti?

El golpe fue certero, quirúrgico y devastador.

—No... Caleb no lo sabía. Fue un acuerdo comercial improvisado por la traición de Mateo...

—¿Improvisado? —Victoria soltó una risa amarga—. Caleb Navarro no improvisa. Es un tiburón. Mi equipo de seguridad me informó que él tenía un expediente completo sobre ti, tu agencia y tus deudas, seis meses antes de que Mateo te estafara. Él te tenía en la mira mucho antes de que necesitaras ayuda.

Las palabras de la matriarca encajaron con una precisión enfermiza.

El recuerdo de la carpeta que encontré escondida en el cajón de Caleb en el Capítulo 7 brilló en mi mente como una luz de emergencia. 14 de Mayo. Él me había estado investigando en secreto durante medio año. Conocía todas mis vulnerabilidades. Conocía a mi madre.

—Caleb es un Navarro, Alexandra. Y los Navarro nunca perdonan —la voz de Victoria se volvió un susurro sibilante y venenoso—. ¿Realmente creíste que un hombre con su poder, su orgullo y sus millones se iba a casar contigo porque eras "insolente"? Te eligió porque eres la sangre del hombre que destruyó a nuestra familia. Te arruinó la vida con ese contrato, te puso una correa financiera haciéndose dueño de tu deuda, y te trajo a vivir bajo su techo para tener el control absoluto sobre ti. Te está castigando. Eres su trofeo de venganza.

Un sollozo sordo, lleno de dolor y pura bilis, escapó de mis labios. Me tapé la boca con la mano, sintiendo que iba a vomitar.

El hombre al que le había entregado mi agencia, mi lealtad y mi cuerpo... el hombre con el que había llorado la noche anterior creyendo que me protegía... me había estado cazando.

Todo. La amabilidad en el hospital, los besos posesivos, el sexo crudo y dominante... todo era una herramienta para desarmarme. La frialdad de esta misma mañana cobraba ahora un sentido macabro. Solo me había usado.

Me levanté de golpe, mis piernas temblando tanto que tuve que apoyarme en la mesa de centro para no caer.

—El juego se acabó, Alexandra —sentenció Victoria, levantándose con la ayuda de su bastón—. Rompe ese contrato. Dile a la prensa que no soportaste la presión y desaparece de la ciudad hoy mismo. Si no lo haces, filtraré esto a los medios yo misma. Hundiré el recuerdo de tu padre y me aseguraré de que tu madre termine en la calle mañana a primera hora.

No esperé a que terminara de hablar. Tomé la carpeta con el reporte policial, me di media vuelta y salí del salón corriendo, ciega de dolor y de furia.

El cielo de Nueva York había comenzado a oscurecerse, presagiando una tormenta, cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en el penthouse.

Entré con los zapatos en la mano y el rostro empapado en lágrimas que ya no me molestaba en secar. El apartamento estaba en penumbra, silencioso y gélido.

Caleb estaba en el salón principal. Llevaba una copa de whisky en la mano y miraba por el ventanal hacia la ciudad, en la misma postura intocable de la mañana. Al escuchar mis pasos, se giró.

La frialdad en su rostro se agrietó por una fracción de segundo al ver mi estado. Dejó la copa sobre la mesa e intentó dar un paso hacia mí.

—Alex... ¿dónde estabas? Marcus me dijo que desapareciste de la oficina.

Levanté el brazo con una violencia que lo detuvo en seco, arrojando el expediente policial al suelo, justo a sus pies. Las fotografías de los coches destrozados se esparcieron por la costosa alfombra persa.

Caleb bajó la mirada hacia los documentos. El color desapareció de su rostro por completo.

—Dime que es mentira —exigí, mi voz rasgada por un grito contenido que me quemaba la garganta—. Dime que no te acercaste a mí sabiendo que mi padre fue el dueño de ese camión. Dime que la carpeta que encontré con seis meses de investigación sobre mi vida no fue tu maldito plan de venganza, Caleb. Mírame a los ojos y dímelo.

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