—Si no me das una explicación lógica antes de clavarte esa aguja en la vena, te juro que llamaré al Alfa, Elara.—Baja la voz, Clara —siseé entre dientes. Apreté un poco más el torniquete de goma alrededor de mi brazo para que la vena resaltara—. Solo voy a comprobar mi recuento de leucocitos. Me duelen los huesos, eso es todo.—¡Tus huesos no duelen, Elara, tus huesos están crujiendo literalmente! —exclamó Clara, acercándose a mí desde el otro extremo de la mesa. Le temblaba la voz de puro pánico—. ¡Puedo oír esos chasquidos desde la silla en la que estoy sentada! Además, en los últimos dos días tu temperatura corporal no ha bajado de los cuarenta grados. ¡Cualquier humano ya habría sufrido convulsiones con esa fiebre!—No soy una humana corriente, Clara. Llevo en mi vientre a un heredero Alfa que genera un campo magnético —dije, introduciendo la punta de la jeringa en mi vena con sumo cuidado. Tiré del émbolo lentamente hacia atrás.Cuando una sangre roja, tan oscura que tiraba a ne
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