—Apaga los faros, Kael —ordenó Damien, con ese tono frío y letal en la voz—. A partir de aquí seguiremos a pie.
—Alfa, está completamente a oscuras —dijo Kael mientras apagaba el motor de los todoterrenos blindados. El viento aullaba en el exterior—. Y ha empezado a llover a cántaros. Entrar en ese almacén sin visión térmica es un suicidio a ciegas. Al menos permita que yo también les acompañe.
—Mi lobo no necesita ver en la oscuridad, Kael. Me basta con captar el olor —replicó Damien. Abrió la