—Si esta maldita cremallera se me clava en la espalda un segundo más, me voy a cortar el vestido con un bisturí.
—Yo me encargo —dijo una voz familiar y profunda.
Me detuve en seco frente al espejo, en plena lucha con las manos en la espalda. La puerta del dormitorio se había abierto y Damien estaba apoyado en el marco, observándome con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba su habitual ropa táctica de operaciones, completamente negra, pero en su rostro no había rastro de sangre ni de ira.