—Si no me das una explicación lógica antes de clavarte esa aguja en la vena, te juro que llamaré al Alfa, Elara.
—Baja la voz, Clara —siseé entre dientes. Apreté un poco más el torniquete de goma alrededor de mi brazo para que la vena resaltara—. Solo voy a comprobar mi recuento de leucocitos. Me duelen los huesos, eso es todo.
—¡Tus huesos no duelen, Elara, tus huesos están crujiendo literalmente! —exclamó Clara, acercándose a mí desde el otro extremo de la mesa. Le temblaba la voz de puro pán