De cuántos minutos disponemos? —pregunté, mientras me ataba los gruesos cordones de las botas de nieve con manos temblorosas.
—Diez, si usan el viejo camino maderero del sur. Cinco, si descienden en helicóptero directamente sobre los fiordos nevados —respondió Damien.
Su voz era tan gélida que ni siquiera el fuego crepitante de la chimenea lograba quebrar aquel frío. Metía los cargadores apilados sobre la mesa en los bolsillos de su chaleco táctico con movimientos rápidos y precisos.
—¿Cómo ha