—Sonríe, doctora. Todas las cámaras nos apuntan.—Tengo náuseas, Damien —murmuré, entrecerrando los ojos ante los flashes que estallaban uno tras otro. Me subí un poco más el cuello de mi abrigo de cachemira color marfil—. Además, han rociado tanto perfume que la entrada del salón apesta a planta química. ¿Cuándo vamos a terminar con esto?—Solo cinco minutos —susurró Damien, rodeando mi cintura con más fuerza mientras me guiaba hacia el interior del inmenso salón de baile, coronado por majestuosos candelabros de cristal—. Luego, todas esas cámaras apuntarán a un único objetivo.El baile de inauguración del Orfanato Número Tres era tan ostentoso como cabría esperar del gigantesco ego de Silas. Todos los miembros del consejo de la manada, los Alfas, la prensa y la élite de la ciudad estaban allí. En el instante en que pusimos un pie en el salón, el murmullo se cortó de tajo.Silas estaba en la tarima elevada al fondo del salón, con un micrófono en la mano, de pie frente a una pantalla
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