—Quiero a mi abogado.
—En el instante en que tu abogado cruce la puerta de esos calabozos, lo encerraré en la celda de al lado, Silas. No malgastes saliva.
Damien le dio la vuelta a la silla y se sentó en aquella sala de interrogatorios subterránea, fría y sin ventanas de la Comisaría Central del Norte. Apoyó los brazos en el respaldo de la silla. Silas estaba esposado a la mesa de acero inoxidable con unas gruesas cadenas en ambas muñecas. Tenía el rostro cubierto de magulladuras por los golpe