—¡No quiero, Damien! ¡No iré a ese hospital, es solo un cementerio de cuatro paredes!Estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, con los pies clavados en el suelo. Cada célula de mi cuerpo, cada terminación nerviosa estaba tensa como un alambre. Mi pecho subía y bajaba de forma irregular y ruidosa, como si tuviera un pequeño motor en marcha dentro de mí.—¡Elara, reacciona! —Damien me había agarrado por los brazos; sus pupilas se habían vuelto completamente negras, no por miedo, sino por puro pánico—. ¡Llevas dos horas inconsciente! ¡Tu pulso es inestable, un momento se ralentiza y al siguiente se acelera tanto que puedo escucharlo zumbar en mis oídos! ¡Clara ya no sabe qué hacer!—El bebé... ¡el bebé está bien, lo siento! —grité, pero mi voz se cortó de repente.En ese preciso instante, un dolor punzante y abrasador me atravesó el vientre, como si me hubieran clavado una daga de hielo. Me fallaron las rodillas. Damien me atrapó en el aire antes de que me desplomara, pero sentí cómo
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