**ELENA**Al entrar al despacho, mi tío se dejó caer en su sillón de cuero, respirando con dificultad, su bastón de plata temblando contra el suelo de mármol. El esfuerzo de la gala y la amenaza directa del magnate estaban haciendo mella en su salud debilitada. Me arrodillé a su lado, tomando sus manos enguantadas entre las mías.—Tío, no podemos permitir que esto se transforme en una guerra —dije, mi voz saliendo con una urgencia que no admitía réplicas—. Damián Cavalli está loco. Su obsesión no entiende de leyes ni de fianzas bancarias. Si me quedo aquí, va a arrastrar el apellido Valli al fango otra vez. Tenemos que irnos. Regresemos a Suiza, o a cualquier propiedad en el extranjero donde su naviera no tenga barcos.Gabriel me miró con sus ojos grises, cansados pero llenos de un afecto limpio.—Huir es darle la razón a ese monstruo, Elena —susurró, su tono arrastrado por la fatiga—. Pero tu seguridad y la paz de tu tía Alicia son mi prioridad. Si esa audiencia de mañana es una tram
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