La habitación de Damián estaba en penumbras. Solo la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche iluminaba la escena, creando sombras que bailaban en las paredes como fantasmas curiosos. El aire olía a sudor, a enfermedad, a humanidad. Pero también a algo más. Algo que Luisa no quería nombrar.Damián seguía recostado en la cama, con los ojos cerrados, la respiración agitada. No sé había quitado la pijama, no tenía fuerzas. El pijama empapado se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, delineando cada músculo, cada curva, cada línea de un cuerpo que parecía esculpido por un artista obsesionado con la perfección. Luisa se arrodilló frente a él, con las manos temblorosas.—Tienes que quitarte el pijama —dijo, con voz que intentaba ser firme pero que salió más temblorosa de lo que quería—. Está empapado. No vas a bajar la fiebre así.Damián abrió los ojos. La miró. A pesar de la fiebre, a pesar de la debilidad, sus ojos verdes seguían siendo intensos.—¿Me ayudas? —preguntó, con voz
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