La habitación de Luisa estaba en penumbras. La luz de la luna se había ido hace horas, reemplazada por el grisáceo amanecer que se filtraba por las cortinas. Ella estaba acostada de lado, abrazando una almohada, con los ojos abiertos en la oscuridad. No había dormido. No podía.Su mente era un torbellino de imágenes, recuerdos, sensaciones. Las manos de Erick recorriendo su cuerpo. Sus labios besando su cuello. Su voz, ronca, desgarrada, diciéndole "te quiero". Y ella, débil, cayendo. Otra vez.—¿Por qué? —se preguntó en voz baja, mirando el techo—. ¿Por qué después de todo lo que me ha hecho no puedo sacármelo de la cabeza?Cerró los ojos. Las imágenes no se iban. Al contrario, se volvían más nítidas. La forma en que la miraba. La forma en que la tocaba. La forma en que decía su nombre, como si fuera lo único que importara.—Fuiste débil —se dijo a sí misma, con rabia contenida—. Débil y estúpida. Otra vez caíste. Otra vez creíste.Pero ¿realmente había creído? ¿O solo se había dejad
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