La tarde del sábado cayó sobre la finca como un manto de oro y naranja. El sol se escondía detrás de las montañas, pintando el cielo de tonos que parecían sacados de una acuarela. Las parejas del retiro habían terminado las actividades del día y se dispersaron por los jardines, algunas riendo, otras tomadas de la mano, todas menos una.Erick y Luisa estaban sentados en extremos opuestos de una banca de piedra, mirando el paisaje sin verlo. El silencio entre ellos era más pesado que las montañas que tenían enfrente.—Señores Benedetti —la voz de Valeria, la consejera, los sobresaltó—. ¿Puedo sentarme con ustedes?Luisa asintió. Erick también.Valeria se sentó entre ellos, no en el medio, sino en el borde de la banca, de frente a ambos. Llevaba una libreta en la mano y una expresión que mezclaba profesionalismo con genuina preocupación.—He notado que hoy, durante la actividad del desayuno, pasó algo entre ustedes —dijo, sin rodeos—. No sé qué es, pero sé que hay algo que no me están di
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