El auto se detuvo frente a la mansión. El viaje de regreso había sido en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Luisa miraba por la ventana, sintiendo el diario pegado a su piel bajo la blusa, caliente como un secreto que pedía salir. Erick manejaba con el ceño fruncido, como si algo le molestara, pero no dijo nada hasta que apagó el motor.—Llegamos —dijo, sin mirarla.Luisa abrió la puerta. Bajó del auto. Se giró hacia él, que aún seguía sentado detrás del volante, con las manos apoyadas en el cuero.—Erick —dijo ella, con voz baja—. Muchas gracias por haberme acompañado. De verdad. No sabes cuánto significa para mí.Erick levantó la vista. La miró un momento, evaluándola. Luego negó con la cabeza, como si se sacudiera algo encima.—No te preocupes —respondió, con un tono que pretendía ser indiferente pero que salió extrañamente suave—. Me quedé pidiendo un favor.Luisa sintió un escalofrío. Lo sabía. Nada era gratis con él. Todo tenía un precio.—Lo sabía —dijo, con
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