Habían pasado varios días desde la visita a la casa del padre de Luisa. Días de trabajo, de silencio en la mansión, de miradas esquivas y conversaciones cortas. Luisa seguía yendo a la oficina cada mañana, y Erick seguía saliendo antes de que ella bajara. Se habían convertido en dos extraños que compartían el mismo techo, como dos barcos que pasan en la noche sin saludarse.
El diario seguía en el maletín de Luisa, bien guardado, esperando el momento adecuado para seguir leyendo. La hoja en ruso