La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la puerta cuando Erick abrió los ojos. La cabeza le palpitaba como si tuviera un martillo dentro. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada. Estaba en el suelo, recostado contra la pared de la habitación de Luisa. El frío de la madera le calaba la espalda.Se incorporó con dificultad. La memoria le llegaba en fragmentos borrosos: el whisky, la discusión con sus padres, la subida a la habitación, la resistencia de ella, y luego... un golpe. Un golpe seco en la cabeza. Y después, nada.Se tocó la sien. La herida ya había dejado de sangrar, pero el dolor era punzante, insistente.—Maldita sea —murmuró, apoyándose en la pared para levantarse.Caminó hacia la puerta. La manija giró, pero la puerta no se abrió. Probó de nuevo. Nada.—¿Qué...?Empujó con más fuerza. La puerta no cedió. Metió la mano por la ranura, tratando de alcanzar la llave del otro lado. No había llave. Solo el metal frío de la cerradura cerrada desde afuera.E
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