La mañana llegó con un sol frío que se filtraba por las ventanas de la oficina de Erick. Llevaba horas allí, sin poder concentrarse, sin poder dormir, sin poder pensar en otra cosa que no fuera Luisa. La noche anterior había sido un infierno. Las llamadas sin respuesta. El teléfono apagado. La certeza de que ella estaba con él. Con Damián.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Miró la pantalla. Annie.
Frunció el ceño. Dudó. Contestó.
—¿Dime? —dijo, con voz cortante.
—¡Erick! —la voz de Annie s