El auto se detuvo frente a la mansión. La noche ya había caído por completo, y las luces cálidas de la entrada iluminaban el camino de piedras. Luisa bajó del auto con una sonrisa que aún no se borraba de sus labios. Sus pies descalzos dentro de las sandalias, la falda short ligeramente arrugada por el día, la gorra colgando de su bolso. El cabello suelto, con ondas desordenadas por el viento del lago.
—Gracias —dijo, girándose hacia Erick, que acababa de apagar el motor y la miraba desde el ot