La carta llegó sin anuncio, como las cosas del pasado que encuentran su momento sin pedir permiso.
Se la trajo Elena Mondragón en persona, un domingo por la tarde, con la expresión de quien ha estado guardando algo durante el tiempo exacto y necesario y ha decidido que ya es suficiente.
Era un sobre. Cerrado. Con la letra del abuelo Mateo en la cubierta, irregular y firme, como todo lo que él hacía. Y el nombre que ponía afuera era: «Para Sebastián, cuando encuentre a la persona correcta.»
Elen