Valentina había pensado en poner su propia agencia de diseño desde los veintitrés años, que era la edad a la que uno tiene suficiente talento para saber que lo tiene y suficiente ingenuidad para creer que eso es lo único que se necesita. La realidad — las deudas de su madre, los clientes que tardaban en pagar, la soledad de trabajar sin red — había ido postergando esa idea hacia un lugar de «algún día» donde también vivían otras cosas que uno quiere pero no puede permitirse querer demasiado.
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