Camila Reyes Mondragón tenía exactamente un año, tres meses y la convicción firmísima de que el suelo era una superficie más interesante que cualquier otra, incluyendo el sofá, el puf, la cuna y los brazos de los adultos que insistían en levantarla.
Gateaba con una velocidad que había sorprendido a todos, incluida la pediatra, que lo anotó con el entusiasmo de quien lleva años viendo bebés y sigue encontrando el desarrollo motor fascinante. Tenía el pelo oscuro de Sebastián, los ojos de Valent