Treinta semanas.
El embarazo, que al principio había sido una abstracción con dos líneas rosas y un número en la pantalla del ecógrafo, era ahora una presencia completamente física que reorganizaba el espacio, los horarios y la geometría del apartamento de Valentina con la lógica soberana de algo que no consulta antes de crecer.
Dormía de lado. Necesitaba almohadas con criterios que antes no existían en su vocabulario. Subir la escalera mecánica del centro comercial ya no era un acto neutral si