El firmamento sobre las Montañas Rocosas se fracturó con un estruendo que no pertenecía al mundo físico, sino al tejido mismo de la creación. No fue un rayo, ni una explosión convencional; fue el sonido de una membrana universal siendo rasgada por manos divinas. La luz violeta y platino del Cuarto Cielo, Zebul, se derramó sobre las cumbres nevadas, fundiendo el hielo instantáneamente y convirtiendo el aire en un torbellino de estática sagrada. El descenso de la Tríada no fue un aterrizaje, fue una invasión de realidades. Natalia, Cristian y Nama cruzaron el umbral, y en el instante en que sus pies tocaron la tierra, el planeta entero pareció emitir un gemido de reconocimiento.Natalia Valerius sintió el peso de la gravedad como una bofetada. Su cuerpo, ahora templado en las cámaras de Ramiel, reaccionó expandiendo su aura de Oro Negro en un radio de tres kilómetros. El suelo bajo sus pies se tornó negro, una oscuridad absoluta que no era ausencia de luz, sino una presencia depredador
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