El firmamento de Europa no era más que un sudario de ceniza y relámpagos carmesíes, una herida abierta que supuraba la agonía de un mundo viejo negándose a morir. Mientras las esferas celestiales temblaban bajo el peso de los nuevos híbridos, en la tierra, el lodo se mezclaba con el icor de dioses caídos y la sangre de hombres que habían dejado de creer en el mañana. La guerra ya no se libraba en los despachos de los gobiernos o en los servidores del Vaticano; se libraba en el tuétano de los hu