El estruendo del techo colapsando fue un rugido ensordecedor que pareció detener el tiempo.Alexander no pensó, el instinto, ese animal salvaje que habita en el pecho de un hombre cuando la mujer que ama está a punto de ser borrada del mundo, tomó el control de sus músculos.Se lanzó sobre el cuerpo inerte de Helena, cubriéndola con su propio torso mientras una lluvia de madera ardiente y ascuas se precipitaba sobre ellos.El calor fue instantáneo, un mordisco voraz que le desgarró la espalda, pero Alex no soltó a la mujer que, por contrato, pertenecía a su padre, pero que, por derecho de alma, era suya.— ¡Helena, aguanta! — bramó, aunque el humo le robaba el oxígeno y le quemaba la cara.La estructura gimió una última vez. Una viga maestra cedió a centímetros de sus cabezas.Alex, con los pulmones ardiendo y los dedos en carne viva, logró arrastrarla por el suelo carbonizado. El hedor a muerte y gasolina era asfixiante.Apenas cruzaron el umbral de lo que alguna vez fue una puerta,
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