El amanecer sobre Starfish Key no trajo la promesa de un nuevo día, sino la advertencia de un final.
El cielo se había teñido de un púrpura bilioso, estriado por nubes bajas que parecían jirones de humo flotando sobre el océano.
El aire estaba saturado de una humedad pesada, de esa que se pega a la piel y dificulta la respiración, como si la misma atmósfera intentara asfixiar los secretos que la mansión Miller ya no podía contener.
Alexander se movía por el garaje con la eficiencia de un fantas