El asfalto del puente de las Siete Millas todavía irradiaba el calor sofocante del mediodía, un vaho tóxico que distorsionaba la visión de los pocos que quedaban en la escena del crimen.
Alexander logró ponerse de pie, tambaleándose como un animal herido que se niega a aceptar su fin.
El mundo daba vueltas en un torbellino de rojo y gris, el zumbido en sus oídos era una mezcla del trauma acústico de los disparos y el rugido de su propia sangre golpeando contra sus sienes.
Sus ojos, inyectados e