85. Dios de la guerra
IsabelUna mezcla explosiva de rabia y placer me recorre. Rabia porque detesto que crea que puede ser dueño de otra persona, y placer porque, maldita sea, una parte de mí desea desesperadamente pertenecerle.—No soy un objeto para poseer, Dante —le siseo, aunque mi voz suena más como una invitación que como una protesta.Él vuelve a gruñir, pero esta vez hay una nota de diversión oscura en el sonido.—No he dicho que lo seas. Pero eso no quita el hecho de que seas mía. Mía para besar.Para demostrarlo, presiona sus labios en mi mejilla, un beso lento y húmedo que me hace cerrar los ojos. Luego deja otro un poco más abajo, en la comisura de mi boca, hasta que finalmente encuentra mis labios. Empieza como algo lento, un tanteo, una caricia de seda que me hace suspirar, pero en cuanto abro la boca y respondo, el beso se transforma. Se vuelve hambriento, salvaje, cargado de una necesidad que me hace gemir contra su boca. Es como si quisiera devorarme, como si estuviera marcando territorio
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