90. Le rompiste el corazón
Dante
El olor a hierro y a miedo es lo único que llena este sótano húmedo en las afueras de la ciudad. Es un aroma que conozco bien; es mi hábitat natural. Frente a mí, atado a una silla de metal que chirría con cada uno de sus temblores, está uno de los rastreadores de Ramírez. Un tipo que creyó que podía esconderse en los suburbios después de intentar emboscar mi convoy.
Alexei está a mi lado, limpiándose una mancha de sangre de la mejilla con una calma que a cualquier otro le daría pesadilla