133. No debí hacerlo
IsabelDios. Es un beso destructivo, un estallido de desenfreno que elimina cualquier rastro de lógica en el sótano. Su boca me devora con una ferocidad que me hace gemir directamente en su interior. No hay delicadeza, no hay paciencia; es una necesidad brutal, acumulada durante horas de puro tormento mutuo. Mis manos, actuando por puro instinto, suben por su pecho ardiente, arañando la piel texturizada por los tatuajes, hasta enredarse con desespero en su cabello húmedo.Es un enredo caótico de manos, de jadeos calientes, de bocas que se buscan con una desesperación casi dolorosa. Nuestras lenguas se encuentran en una batalla por el control que me marea, haciéndome olvidar el dolor en el abdomen, el hospital, el mundo exterior. Solo existimos nosotros, devorándonos en este agujero oscuro. Mis piernas se tensan, el instinto me empuja a querer enredarlas alrededor de su cintura para pegarme más a él, para fundirme en su cuerpo, pero en medio del frenesí de su boca contra la mía, u
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