138. Una tregua

Isabel

Noto como los ojos de sedante no se alejan de mí.

Una pequeña sonrisa asoma en mis labios y él eleva más la ceja en mi dirección.

Veo como estira una de sus manos grandes para revolverle el cabello a Samuel con tosca ternura. Es increíble ver cómo el hombre que quemó la mansión de Ramírez para hacer justicia ahora protege la inocencia de este pequeño con tanto esmero.

Me aclaró la garganta para pasar el nudo que siento en la garganta y finalmente le contesto.

—Así es, no pienso irme nunc
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