133. No debí hacerlo
Isabel
Dios. Es un beso destructivo, un estallido de desenfreno que elimina cualquier rastro de lógica en el sótano.
Su boca me devora con una ferocidad que me hace gemir directamente en su interior. No hay delicadeza, no hay paciencia; es una necesidad brutal, acumulada durante horas de puro tormento mutuo.
Mis manos, actuando por puro instinto, suben por su pecho ardiente, arañando la piel texturizada por los tatuajes, hasta enredarse con desespero en su cabello húmedo.
Es un enredo caótico