124. Hay alguien en la habitación
IsabelUna lágrima traicionera se me escapa por la comisura del ojo, resbalando por mi sien hasta empapar la almohada. Intento limpiarla con el dorso de la mano con brusquedad, enfadada conmigo misma por llorar por él, pero es inútil. El dique se rompe. El llanto empieza a brotar sin que pueda controlarlo. Son lágrimas de rabia, de frustración, de una impotencia brutal por no poder salir corriendo de esta cama, buscarlo, agarrarlo por las solapas de la chaqueta y obligarlo a mirarme a los ojos.Lloro en silencio, sintiendo cómo el pecho se me sacude con espasmos ahogados. Me acurruco de lado en la cama de hospital, abrazándome a mí misma, sintiendo el frío de las sábanas estériles. La tormenta en mi cabeza me agota las pocas fuerzas que me quedan. El llanto constante y el agitamiento de mi respiración empiezan a pasarle factura a mi cuerpo debilitado. Poco a poco, los sollozos se vuelven más espaciados, mi mente se va nublando por el cansancio extremo y, finalmente, el letargo de la
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