130. Vete de aquí
Dante
El cuero desgastado del saco absorbe el impacto de mi puño, pero el sonido que reverbera en las paredes de concreto del sótano no es suficiente para apagar el ruido que tengo dentro de la cabeza.
Derecha. Izquierda. Otro gancho. El dolor en mis nudillos es un ardor constante, una línea de fuego que sube por mis antebrazos y que agradezco con cada maldito segundo, porque es lo único que me mantiene anclado a la realidad.
Llevo dos días seguidos haciendo exactamente lo mismo, machacándome